
C.S. Adsuar: La Trampa de la Apertura

Redacción
Cómo los regímenes cerrados explotan la apertura de las democracias
Por C.S. Adsuar
Durante años los políticos han prometido “nivelar el campo de juego”. La frase aparece en discursos con tanta frecuencia que casi parece una verdad evidente. Al fin y al cabo, la justicia requiere equilibrio. Si una de las partes tiene ventaja, el instinto natural es corregirla.
Y la justicia supone que ambas partes juegan el mismo juego y siguen las mismas reglas.
Sin embargo, en la geopolítica muchas veces no es así.
Las democracias parten del supuesto de que la apertura es una virtud. Las ideas circulan libremente, las universidades colaboran internacionalmente y se fomenta el intercambio cultural. Además, vemos cómo el cine, los libros, la tecnología y el arte cruzan fronteras con facilidad. Esta apertura ha tenido una influencia global enorme que ningún ejército pudiese haber logrado.
La cultura estadounidense, por ejemplo, no se expandió principalmente mediante la conquista. Se difundió a través de historias, tecnología y entretenimiento. Empresas como Disney, Netflix y Apple llevaron ideas, estéticas y narrativas estadounidenses alrededor del mundo.
El politólogo Joseph Nye describió este fenómeno con el término «poder blando» (soft power). El poder blando persuade en lugar de coaccionar. Ese poder expande ideas porque las personas adoptan voluntariamente aquello que les resulta atractivo, útil o inspirador.
Sin embargo, el poder blando contiene un supuesto que rara vez se examina con detenimiento. Supone que la influencia fluye en ambas direcciones.
Pero esto ocurre cada vez menos.
Consideremos el caso de China. Las películas occidentales que entran en China enfrentan una estricta censura. Las principales plataformas mediáticas occidentales están bloqueadas. El discurso político es cuidadosamente vigilado. Además, periodistas y académicos extranjeros suelen enfrentarse a restricciones que no existen en sociedades abiertas.
Al mismo tiempo, instituciones vinculadas al Estado chino han financiado programas académicos, asociaciones de investigación y centros culturales en universidades occidentales. Un ejemplo fue la red de Institutos Confucio operada por Hanban. Estos institutos aparecieron en decenas de campus antes de que preocupaciones sobre la independencia académica llevaran a muchas universidades a cerrarlos.
Con el tiempo, investigadores comenzaron a describir este fenómeno no solo como poder blando, sino también como poder agudo (sharp power). Organizaciones como la National Endowment for Democracyutilizaron este término para describir los esfuerzos de influencia de gobiernos autoritarios en sociedades abiertas.
La distinción es sutil pero importante. El poder blando atrae. El poder agudo penetra. Además, el poder agudo se beneficia de una asimetría estructural. Los regímenes autoritarios controlan estrictamente lo que entra en sus propias sociedades mientras se benefician simultáneamente de la apertura de otras.
Esto produce un resultado predecible. La influencia fluye en una sola dirección.
Las sociedades abiertas exportan cultura limitada y las sociedades cerradas exportan operaciones de influencia. Y el resultado no es intercambio, sino asimetría.
De hecho, el problema puede resumirse en una sola frase que vale la pena recordar: la apertura sin reciprocidad no es cooperación, es una vulnerabilidad unilateral.
El campo de juego desigual no apareció de la noche a la mañana. Durante la Guerra Fría, la diplomacia occidental adoptó gradualmente un principio destinado a estabilizar las relaciones internacionales. Los gobiernos interactuarían entre sí independientemente de sus sistemas políticos internos. Estados democráticos y autoritarios serían tratados por igual como participantes legítimos del orden internacional.
Esta idea se formalizó en los Acuerdos de Helsinki de 1975, firmados por países occidentales y la Unión Soviética. El objetivo era comprensible. Los líderes esperaban que la cooperación y el diálogo diplomático redujeran las tensiones y evitaran conflictos.
Sin embargo, este arreglo práctico tuvo una consecuencia filosófica. Difuminó una distinción importante en el ojo público de las sociedades libres.
La filósofa Ayn Rand advirtió sobre esto mucho antes de que se convirtiera en una práctica diplomática habitual. Su argumento era directo. Las sociedades libres y las tiranías no son moralmente equivalentes. Una protege los derechos individuales. La otra gobierna mediante la coerción.
Además, cuando las democracias tratan a regímenes opresivos como si fueran simplemente otra forma legítima de gobierno, conceden lo que ella llamó sanción moral al victimario. La distinción entre libertad y coerción comienza a desvanecerse, y la diplomacia empieza a operar como si todos los sistemas merecieran el mismo reconocimiento.
Sin embargo, las consecuencias de ese supuesto pueden ser mayores de lo que muchos responsables políticos imaginaron.
Otro pensador, Karl Popper, ofreció una advertencia relacionada. Argumentó que la tolerancia ilimitada puede socavar una sociedad tolerante. Si una sociedad permanece completamente abierta a fuerzas que rechazan sus principios, estas pueden eventualmente transformar el sistema desde adentro.
Las democracias, por lo tanto, enfrentan un dilema persistente. Quieren seguir siendo sociedades abiertas porque la apertura es fuente de creatividad, prosperidad y legitimidad. No obstante, la apertura sin reciprocidad puede convertirse en su vulnerabilidad.
Por consiguiente, un verdadero “campo de juego” equilibrado no requeriría cerrar sociedades ni abandonar el intercambio. Requeriría reciprocidad. Si un país permite la financiación extranjera en sus universidades, el otro debería permitirlo también. Si un país permite el acceso a sus medios de comunicación, el otro también debería hacerlo. Asimismo, si un país insiste en la censura y las restricciones, no debería esperar una apertura ilimitada por parte del otro.
La reciprocidad no es hostilidad, es justicia aplicada de forma coherente.
O, dicho más claramente, una sociedad libre no puede sobrevivir indefinidamente si insiste en jugar limpio mientras sus rivales insisten en jugar para ganar.
Las democracias deben seguir siendo sociedades abiertas. Su apertura ha generado una prosperidad extraordinaria y una enorme influencia cultural. Sin embargo, la apertura nunca debería significar apertura unilateral. Esto se debe a que el verdadero campo de juego desigual no es económico. Es filosófico.
Mientras las democracias redescubran la diferencia entre esas dos ideas, el campo de juego nunca estará nivelado.
Un lado cree que las reglas son universales. El otro cree que las reglas son herramientas.
Escrito por C.S. Adsuar
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